La resurrección de la nefasta Triple Alianza. Así podría denominarse,
150 años después de la vergonzante ocupación del Paraguay, saldada con la
expropiación luso-argentina de más de 170.000 km2 de territorio y el exterminio
de no menos del 50% de la población masculina de la orgullosa nación guaraní, a
la desmelenada resolución de los presidentes brasileño, argentino y uruguayo
coaligados en la entelequia denominada Mercosur.
Cuando por 1864 el territorio uruguayo era escenario de uno más de sus
sangrientos episodios de guerra interna, como había sucedido desde que era
territorio en disputa, el imperio brasileño acudió en apoyo del gobierno de
turno. Eran tiempos en los que el principio de no intervención ni siquiera
principiaba. En el Paraguay reinaba un Mariscal de triste memoria, con afanes
imperiales, que decidió jugar sus cartas apoyando al otro bando en disputa. Lo
que siguió, un genocidio antes que el término se pusiera de moda, tiñe de
vergüenza la conciencia de nuestros pueblos.
Hoy, en que las repúblicas suramericanas viven bajo gobiernos regidos
por especie de reyes electos en elecciones más o menos regulares, más o menos
libres algunas, más apañadas otras, en donde la separación de poderes brilla
por su ausencia y Montesquieu es una antigualla de museo, convirtiendo a los
Parlamentos en meros avalistas de los desmanes autoritarios de los adalides de
la democracia, vuelven por sus fueros haciendo del pueblo paraguayo prenda de
guerra.
No es casualidad los tres países estén gobernados hoy por ex guerrilleros
que en la década de los sesenta se levantaron en armas contra gobiernos
constitucionales que representaban, mal que bien, las democracias formales,
burguesas, a las que denostaron a punta de fusil. De allí su escaso, por no
decir nulo apego a los principios republicanos de separación de poderes,
respeto por la Justicia independiente, por la irrestricta libertad de opinión y
de prensa. Nada de ello ha queda en pié en la Alianza de los progresistas.
Tampoco es casualidad que se rasguen las vestiduras reclamando
garantías del debido proceso a instituciones democráticamente electas de un
estado independiente, olvidándose ellos participaron o prohijaron o hicieron la
vista gorda – que para el caso es lo mismo- cuando se llevaron puestos a los De
la Rúa, Sánchez de Losada, Collor de Mello, Abdalá Bucaram o Carlos Andrés
Pérez, por citar sólo alguno de los casos de presidentes electos
democráticamente, cesados por procesos golpistas de distintas cataduras pero
con idénticos resultados.
Todos ellos además leen poca historia y cuando lo hacen, tapan con la
mano el ojo derecho, de manera que lo poco que leen les llega a su ojo
izquierdo plano y sin relieves, falso en la falta de matices y contextos, sin
los cuales la historia es un mero relato que se acomoda según los intereses del
poder de turno.
Siendo como son, hijos de su propia historia violenta y golpista, los
integrantes del club de los presidentes plenipotenciarios y sin control, temen
ser víctimas de la misma medicina, toda vez que los pueblos, de veleidosa
memoria, cambien el rumbo de sus apoyos siempre precarios.
Hacer del ex Vicepresidente Franco, electo como el ex Presidente Lugo
en elecciones libres, al igual que los 79 de 80 diputados y 39 de 44 senadores,
una nueva versión del Mariscal Solano López para pretextar una nueva Alianza,
aunque sin armas- por ahora- no es menos criminal, cuando hace a un pueblo rehén
de los intereses políticos de naciones pretendidamente democráticas.
Estos mismos personajes que usan los recursos de sus pueblos -por caso
el petróleo venezolano propiedad de Chávez-, como arma de destrucción política,
siguen leyendo mal la historia si ignoran la dignidad del pueblo paraguayo, que
en toda circunstancia ha demostrado vender cara una derrota, aún a costa de su
propia vida. Siguen leyendo mal además, cuando se quejan amargamente del
criminal bloqueo imperialista yanqui a la dictadura cubana, y utilizan los
inútiles foros internacionales para decretar otro bloqueo, éste sí criminal,
toda vez se trata de una de las naciones más pobres del continente, aislada en
su mediterraneidad y dependiente de la ayuda internacional.
Tristes tiempos los que nos tocan vivir a quienes el destino nos hizo
nacer en las tierras en que, tiempos pasados, florecieron pensadores de la
talla de Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi y que hoy nos
condenan a repetir la historia de autoritarismos y barbarie a los que parecemos
estar condenados para siempre.
Al hermano pueblo paraguayo, éste humilde ciudadano uruguayo, con la
sensibilidad de la deuda histórica que con él mantenemos, no puede otra cosa
que elevar su solitario grito de solidaridad, ésta sí con el pueblo y no con
sus gobernantes, siempre transitorios a merced de los tiempos que pretenden
saltearse.
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